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Carta 10:  La importancia del silencio, la soledad y la oración contínua

El misticismo cristiano primitivo es realmente una espiritualidad que surge de la aridez y la dureza del desierto pero también de la conmovedora belleza que posee el desierto con su profundo silencio y soledad. Al retirarse al desierto, los ermitaños lograron un estado de silencio y soledad exterior. Alcanzar un estado interno similar en su vida y en su oración fue mucho más difícil.

También nosotros conocemos esta dificultad por nuestra propia experiencia en la meditación. Es difícil abandonar el paisaje de nuestros propios pensamientos y sentimientos. Pero si no los abandonamos, ni siquiera el desierto es de ayuda. Amma Sinclética dijo: «Hay muchos que viven en las montañas y se comportan como si estuvieran en la ciudad y están perdiendo el tiempo. Es posible aislarse de la propia mente mientras se vive en la multitud y es posible que alguien solitario viva entre la multitud de sus pensamientos personales».

Es para nosotros un consuelo saber que «Es posible aislarse de la propia mente mientras se vive en la multitud». Cuando meditamos prestando plena atención a nuestra palabra de oración, incluso aunque vivamos en el centro de una gran ciudad, podemos entrar en nuestro silencio y soledad interior. Es necesario alcanzar este silencio interior para poder escuchar «la sutil y calmada voz». Los ermitaños del desierto consideraban que este silencio era la cualidad esencial: Tras haber dado la bendición a los hermanos en la iglesia del desierto de Escete, el Abba Macario les dijo: «Huid, hermanos». Uno de los ancianos le preguntó: «Pero, ¿cómo podemos huir más allá de este desierto?». Entonces Macario se llevó un dedo a los labios y respondió: «Huid de esto». Luego, entró en su celda, cerró la puerta y se sentó en silencio.

El silencio no era sólo una ausencia de ruido sino también de cualquier discurso innecesario. Los ermitaños consideraban que toda charla irrelevante era un peligro ya que conducía inevitablemente a pensamientos triviales: “Se decía que cuando Abba Ammoes salía de la iglesia no permitía que su discípulo caminara a su lado sino a cierta distancia; y si este último le preguntaba acerca de sus pensamientos, Ammoes se alejaba de él tras decirle: “Es por temor a que, después de palabras edificantes, surja una conversación irrelevante que no deseo que tengamos”.

La vida interior de oración puede ser muy difícil. Los ermitaños lo sabían tan bien como nosotros. Se les aconsejaba que prestaran mucha atención a su estado mental en la oración y en el trabajo. Al hacerlo, se dieron cuenta del continuo acecho de los demonios en forma de «pensamientos malignos». Hemos visto los consejos que daba Evagrio sobre «observar los pensamientos» (atención plena) en las últimas lecturas del ciclo 4. Estos «pensamientos dañinos» sólo pueden ser superados con una atención plena, centrada en la oración, en la repetición de la «fórmula» para ellos y del mantra para nosotros.

Tanto ellos como nosotros seguimos las enseñanzas de Jesús que nos dijo: «Pon tu mente en el Reino de Dios y su justicia antes que en todo lo demás y todo lo demás vendrá a ti también’» (Mateo 6, 33). Evagrio narra un ejemplo perfecto: «Hubo un hombre espiritual que mientras estaba orando un día, una víbora se arrastró hacia él y lo agarró del pie. No bajó los brazos hasta que terminó su oración habitual y no sufrió ningún daño al amar a Dios por encima de a sí mismo». (Evagrio - Capítulos sobre la oración)

Como nos dice Evagrio, la vida de los ermitaños estuvo centrada en la oración. Esto queda reflejado en la variación que hace sobre las palabras de Jesús: «Ve a vender tus posesiones y dale el dinero a los pobres y toma tu cruz para que puedas orar sin distracción». Su objetivo era la «oración incesante»: «Te mostraré cómo no ceso de orar simplemente continuando con mi trabajo». (Dichos del Padre del Desierto). Orígenes lo enfatizó aún más al decir: «Ora sin cesar quien combina la oración con los deberes necesarios y los deberes necesarios con la oración. Sólo así podremos cumplir el mandamiento de rezar siempre. Consiste en considerar la totalidad de la existencia cristiana como una sola gran oración. Lo que estamos acostumbrados a llamar oración es solo una parte de ella». (Orígenes - Sobre la oración)

También nosotros podemos orar de este modo. Al pronunciar fiel y amorosamente nuestra palabra de oración de forma clara y silenciosa en nuestra mente, podemos escucharla mientras la repetimos durante los períodos de meditación y también podemos hacerlo en aquellos momentos que no requieren toda nuestra atención como, por ejemplo, cuando caminamos o esperamos el autobús. Así, ayudamos a que el mantra se arraigue en nuestro ser y acabará resonando en nuestro corazón de manera clara, suave y continua incluso aunque no seamos conscientes de ello. De este modo, también nosotros «oramos sin cesar», combinando la oración con las tareas y obligaciones de cada día y éstas, a su vez, con la oración.