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Reflexión de Cuaresma 2026

Domingo de Resurrección

Jesús les dijo: «La paz esté con vosotros. Como el Padre me envió, así también os envío yo». Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo”. A quienes perdonéis los pecados, les serán perdonados; a quienes no se los perdonéis, no les serán perdonados. (Juan 20, 21-23)

El Domingo de Pascua es el día más largo de todos. Desde que ocurrió en el pasado, se ha convertido en un día cualquiera.

Brota de las profundidades atávicas de la creación, donde el amor de Jesús penetra mientras «desciende a los infiernos». Rompe la superficie del mundo visible y continúa expandiéndose hacia el pasado y hacia el futuro.

Pero esta experiencia traumática es una obra cósmica de liberación universal, una reconciliación total que libera a todas las criaturas de su esclavitud a la decadencia y la muerte. La entropía ha encontrado su contraparte en la energía creativa ilimitada de la Palabra de Dios que dio origen a todas las cosas. El karma se ha topado con una ley superior: no solo sufre las consecuencias de sus acciones y pensamientos, sino que es abrazado por la ley trascendente del amor. El perdón prevalece, no la lucha por el poder. Nos damos cuenta de que poseemos el mayor poder: el de perdonar.7

La Resurrección comenzó el Viernes Santo, cuando Jesús exhaló su último aliento y se entregó irrevocablemente al Padre, su Padre y nuestro Padre, como él mismo nos lo recuerda. La secuencia de acontecimientos que debemos imaginar para explicar esta mirada única y abarcadora de compasión divina no debe llevarnos a pensar que algo que ocurre «en la eternidad» tiene un principio o un fin. La Pascua existe en la Creación original.

Hoy respiramos la Pascua con la paz que Jesús nos infunde, incluso cuando nos escondemos tras puertas cerradas por el miedo y la vergüenza. Es la presencia constante de Dios, ahora presente en toda la dimensión espacio-temporal de la realidad humana. Todo ha sido transformado, ayer, hoy y mañana.

La tragedia de la Cruz, que avergüenza a la humanidad, se transforma. El triste y desolado desierto del Sábado Santo se ve transformado por la misma redención del tiempo. La iluminación de la Resurrección no es un destello fugaz. Es el proceso y la meta de toda conciencia, que comienza con nuestro primer aliento y, en el momento preciso, nos conduce a la eternidad. Es la luz que reside en nosotros. Solo tenemos que despertar y confiar en ella.

Gracias por acompañarnos en este largo camino de Cuaresma. Hoy podemos comprender mejor su significado. Y al igual que María Magdalena, quien reconoció a Jesús resucitado porque él la reconoció a ella, que podamos experimentar y disfrutar del reconocimiento mutuo del amor. Es un amor tan comprensivo que ya no necesitamos aferrarnos a él ni a nada más. Hemos sido liberados y hemos pasado por momentos difíciles. Corramos y sirvamos al cumplimiento de la nueva creación que ha comenzado.

Laurence Freeman

Traducido por WCCM España