Cuando hablábamos en una Enseñanza Semanal anterior sobre el choque de pensamientos de Casiano y San Agustín, debemos tener en cuenta que sus planteamientos partían de puntos de vista diferentes. Casiano defendía la forma de vida de sus monjes y monjas - y nuestra forma de meditación y oración – mientras que el enfoque de San Agustín iba dirigido a la supervivencia de la Iglesia. Ambos vivieron un momento delicado de la historia del cristianismo primitivo en los siglos IV y V d.C. cuando el Imperio se estaba debilitando, asediado por pueblos en guerra como eran los visigodos y los vándalos.
La Iglesia, envuelta en toda esa agitación política y social, sintió que era necesaria una posición y administración sobre una base legal sólida. Esta base fue establecida por las habilidades administrativas y organizativas de Ambrosio, hijo de un prefecto y senador romano, cuando fue nombrado obispo de Milán. Por tanto, debemos entender la vida y la enseñanza de Agustín en este contexto de la necesidad de fortalecer la Iglesia. Aunque inicialmente se sintió atraído por la vida monástica, pronto fue llamado para ayudar a dirigir la Iglesia. Así, se convirtió en uno de los Padres de la Iglesia más influyentes.
Como afirma Margaret Lane en su capítulo sobre San Agustín en el libro Viaje al corazón: «Sería difícil sobreestimar la importancia de San Agustín de Hipona. Un traductor de Las Confesiones ha dicho que “cada persona del mundo occidental sería una persona diferente si Agustín no hubiera sido alguien diferente». «Agustín era muy intelectual y apasionado. Fue un psicólogo de gran profundidad, mucho antes de que se inventara esta disciplina. Fue el pensador cristiano más grande de la historia, antes de Tomás de Aquino. Se sintió atraído por la vida contemplativa pero pasó sus últimos treinta y cinco años como obispo, ocupándose de las necesidades pastorales, predicando y participando en debates doctrinales. Cada rama de la teología ha sido influenciada por su pensamiento y, a menudo, es utilizado como apoyo por los participantes de una discusión teológica». Al igual que Orígenes y Evagrio, San Agustín combinó la experiencia mística, especialmente como se expresa en Las Confesiones, con la teología.
En la época de Benito (480 - 547 d. C.), el Imperio se había derrumbado en Occidente y comenzaba la «Edad Media». Fuera de los monasterios, la vida era precaria. En medio de toda esta confusión, Benito puso los cimientos del monaquismo occidental y, al hacerlo, conservó la cultura antigua y mantuvo encendida la luz de la espiritualidad.
Stefan Reynolds en su capítulo sobre San Benito en el libro Viaje al corazón señala que: «Benito era romano. Como cualquier buen romano, tenía talento para la organización, preocupación por el orden y respeto por la autoridad. Para él, la vida monástica debía estructurarse y debía seguir una regla y una cadena de mando jerárquica ... Los monasterios de Benito debían mantenerse unidos por un liderazgo central fuerte y responsable. El abad o la abadesa «ocupa el lugar de Cristo»; sin embargo, siempre eran responsables ante la Regla y ante Dios. En cuanto a las invasiones bárbaras del exterior, Benito quería que sus monasterios se cerraran, pues todas las necesidades de la vida debían encontrarse dentro. «No debería haber necesidad de que los monjes deambulen fuera», escribe, «porque esto no es nada bueno para sus almas» (Cap. 66). Dejar la fortaleza del monasterio era espiritualmente inseguro. Los viajes necesitaban el permiso del abad y el viajero «no debería presumir de contarle a nadie lo que vio o escuchó fuera del monasterio porque esto podría causar un daño mayor» (Cap. 67). Benito fue un hombre de su tiempo.
Ante el caos que existía en el mundo exterior, Benito hacía hincapié en las virtudes del desierto como la estabilidad y la obediencia al Abba, cuya guía amorosa se basaba en la discreción y la sabiduría. Su énfasis en el trabajo y en la oración, ora et labora, fue especialmente importante debido a la necesidad de autosuficiencia en esa época. Todas estas virtudes, así como la interiorización contemplativa de la Escritura, la lectio divina y el control de los pensamientos que conducen al silencio, encuentran su origen en el desierto. De hecho, Benito recomienda las Conferencias e Institutos de Casiano (cap. 73) a sus monjes para la lectura diaria. Sin duda, ellos también seguían el consejo de Casiano sobre la oración pura.