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Reflexión para el Cuarto Domingo de Cuaresma 2026

Juan 9, 1-41

La curación del hombre nacido ciego

Y lo echaron fuera

Poco después de ingresar al monasterio noté una ligera distorsión en la visión de un ojo, un área borrosa que no desaparecía al parpadear. Mi optometrista dijo que debía ver a un especialista. Pedimos una cita para dentro de seis semanas. Cuando el padre John (Main) se enteró, llamó a un hombre de la parroquia del monasterio que resultó ser el mejor cirujano ocular del país. Él pensó que probablemente no era nada, pero accedió a examinarme en su hora de almuerzo al día siguiente.

Detectó un desprendimiento de retina inminente en ambos ojos y realizó una exitosa intervención con láser esa misma tarde. Desde entonces, el evangelio de hoy me recuerda mi temor a la ceguera y el alegre alivio de haber recobrado la vista. La semana pasada, en la historia de la mujer junto al pozo, tuvimos que ver los significados duales del símbolo del agua: la sustancia real que bebemos y que constituye el 60 % del ser humano, y el símbolo del manantial “interior”, siempre presente y siempre fluyente de la conciencia pura que nos hace plenamente humanos.

Hoy debemos combinar el sentido literal de la ceguera con esa fuerza oscura que se niega obstinadamente a ver la luz, que prefiere perversa y voluntariamente la ceguera de la negación e insiste en que eso es la luz. Esta batalla entre los poderes de la luz y de las tinieblas se libra hoy en nuestro mundo en los más altos niveles de la geopolítica. Pablo dice: “todo lo que se hace visible es luz”. Para ver con el ojo del corazón tenemos que aceptar lo que realmente está ahí y es visible para un corazón puro y una mente despejada.

En esta historia me identifico con la gratitud del hombre cuya vista fue restaurada junto al estanque de Siloé, cerca del Templo. En cambio, la bondad que hemos visto manifestarse queda ensombrecida por los celos, la amargura y la hebetud deliberada de las autoridades institucionales. Las normas son un mal necesario en la vida, pero pronto anegan y sofocan lo bueno, como fácilmente puede ocurrir en toda organización humana, porque son un medio de control y alimentan la ilusión de que somos Dios.

Hebetud significa lentitud, embotamiento de la mente. Especialmente cuando es deliberada, hay que tener cuidado. Cuando elegimos estar ciegos comienza la batalla entre los poderes de la verdad y la ilusión. George Fox, fundador de los cuáqueros, fue encarcelado y golpeado muchas veces por proclamar la luz de Cristo dentro de nosotros en contraste con las reglamentaciones de las “casas de espadañas” (su término para las iglesias). Como Cristo, no tuvo miedo de decir la verdad al poder y creía que “quien muestra a un hombre sus pecados se los ha quitado”. La meditación invierte la hebetud deliberada, agudiza la mente y limpia el ojo del corazón con la luz láser de la verdad. En nuestro conflicto global de hoy, es el código oculto que desactiva todas las armas destructivas de la negación y la opresión.

Laurence Freeman

Traducido por WCCM España