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Cuarto Domingo de Adviento 2025

Cuando José descubrió que María, su prometida, estaba embarazada, pudo haber ocurrido una crisis cósmica. Si él no hubiera sido un hombre bueno, podría haberla avergonzado públicamente y haberla repudiado. En cambio, escuchó un sueño y la llevó a casa como su esposa. Ese sueño nos mantiene en marcha en nuestra vida personal y como familia humana a lo largo de la historia.

Es el sueño de que, a pesar del dukkha —un concepto fundamental de la sabiduría asiática—, la vida es soportable y, en última instancia, da fruto. Dukkha significa sufrimiento en el sentido más profundo, pero también simplemente la tendencia de la vida a decepcionar, descarrilarse y volverse un desastre. La palabra contiene la imagen de un eje defectuoso en una rueda que provoca un viaje lleno de baches o que incluso estrella el vehículo. Para decirlo suavemente, las cosas rara vez salen según lo planeado y el optimismo inicial pronto se ve socavado.

“Feliz Navidad a ti también”, podrías estar diciendo. En realidad, sin incluir esta verdad en el panorama, la felicidad se convierte en una broma sin gracia. Jesús, según escuchamos, vino “a salvarnos de nuestros pecados”. La obra de salvar, o de enderezar las cosas, comenzó desde el momento de la concepción con la crisis de vergüenza y exclusión social que se evitó por poco. Continuó a través de la falta de hogar en su nacimiento y el doloroso exilio que siguió. Su vida posterior y su forma de morir también estuvieron llenas de dukkha. Piensa en él como un reparador de ruedas, un artesano que arregla los ejes defectuosos y nos brinda un viaje más suave. Esto, sin embargo, no es meramente un consuelo temporal. Expone la certeza real del sueño despierto: que la vida es redimible, que somos dignos de amor e incluso que el final definitivo no es el final.

Dietrich Bonhoeffer murió a los treinta y nueve años, después de dos años extenuantes en una celda de prisión nazi. Su destino le había negado la felicidad ordinaria que buscaba, pero, a través de su manera de vivir, se convirtió en uno de los testigos más influyentes de la fe cristiana en nuestro tiempo. Al escribirle a su prometida sobre el Adviento, dijo que la vida en prisión le recordaba el verdadero significado de esta temporada. “Uno espera, tiene esperanza y se entretiene con pequeñeces”, le dijo, “pero al final lo que hacemos tiene poca importancia, pues la puerta está cerrada y solo puede abrirse desde afuera”.

Todavía podemos celebrar una Feliz Navidad mientras la inhumanidad del hombre hacia el hombre hace estragos en todos los continentes, los buenos son burlados y los mercaderes de la oscuridad continúan su campaña contra la luz. La Navidad es una felicidad que fluye del pléroma, la plenitud del ser. No es una fantasía, sino un sueño que demuestra ser real incluso cuando se desbaratan los planes, recordándonos una vez más la inevitabilidad del dukkha. Abriéndose paso a través de todas las decepciones está la bondad de personas como José, la apertura de personas como María y las personas sabias que vienen de lejos para ayudarnos; gente trabajadora que recibe poco reconocimiento pero no se rinde, por no mencionar al ocasional ángel glorioso que hace una breve visita con un mensaje que cambia la vida.

La puerta se está abriendo por el nacimiento del Verbo: en la eternidad, en Belén y en nuestro corazón. Todo lo que tenemos que hacer ahora es avanzar hacia toda la alegría y la paz que esto abre en nosotros.

Laurence Freeman

Imagen: El sueño de José, Toros Roslin