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Carta 33: La unidad en las relaciones

Es interesante ver cómo la actitud del científico y la del teólogo han llegado a converger en algunos aspectos. De hecho, podríamos preguntarnos, quizás, si hay más místicos entre los científicos que entre los teólogos actuales. Carlo Rovelli – un físico teórico que explora la gravedad cuántica, que es totalmente anti–religión, y que decididamente nunca se vería a sí mismo como místico – dice con toda humildad que la realidad no es lo que parece: «Un científico es alguien que (…) acepta la incertidumbre sustancial de nuestro conocimiento (…) acepta el vivir inmerso en la ignorancia y, por ello, en el misterio (…) acepta vivir con preguntas para las cuales no conocemos las respuestas».

«Quizás no las conocemos todavía o – quién sabe – nunca las conoceremos. Vivir con incertidumbre es un reto y aceptarla no devalúa nuestro sentido del misterio. Al contrario, estamos inmersos en el misterio y la belleza del mundo». ¿Cuantos de los muchos místicos que conocemos podrían haber dicho estas palabras? El hermoso sentido del misterio, de la admiración y del asombro ante la creación divina eran considerados por los primeros cristianos como el primer paso en el camino espiritual.

Igualmente, el énfasis en la total interconexión entre todas las cosas del cosmos, que la investigación científica de Rovelli le ha mostrado a él y a sus colegas, se encuentra en todas las tradiciones místicas de la Sabiduría. La enseñanza de Buda nos ofrece una imagen preciosa: en el cielo de Indra se dice que hay una red de perlas dispuestas de tal forma que si miras a una de ellas verás a todas las demás reflejadas en ella. De la misma manera, cada objeto del mundo no es simplemente él mismo si no que implica a todos los demás objetos y, de hecho, es todo lo demás. En cada mota de polvo están presentes innumerables Budas». (Avatamsaka Sutra)

Si realmente aceptamos estas ideas, necesitamos considerar también que cada una de nuestras acciones, deseos o pensamientos tiene un efecto sobre el conjunto. Por ello, la meditación/oración que conducen a la experiencia real del Amor Universal – la energía que mantiene al Cosmos unido – es vital. En palabras de John Main: «Al descubrir su propio espíritu, el ser humano es conducido hasta su centro creativo, donde el flujo abundante de la vida de la trinidad emana y renueva su esencia». El resultado psicológico de esta nueva perspectiva de la unidad en la relación es la sensación de que cada uno de nosotros es, por lo tanto, una importante parte del conjunto y personalmente responsable de todo aquello que hacemos y del efecto que nuestras acciones tienen en los demás y en nuestro medio ambiente. Puede que sólo seamos una parte pequeña pero, como todos sabemos bien, si una célula del cuerpo se malogra y desarrolla un cáncer, todo el cuerpo en su conjunto se ve afectado.

La meditación nos ayuda a experimentar que somos mucho más que una simple identidad separada. El «ego» es solamente un polo de nuestro persona, nuestra conciencia superficial, junto con otra parte esencial de nuestro ser ligada a todo lo demás en la creación y que forma el otro polo, nuestro «yo» espiritual. El camino espiritual consiste en aunar estos aspectos complementarios, integrándolos y permitiendo que se impregnen mutuamente. Muchos consideran la meditación como un camino integrador para conectarnos con nuestro ser total y con todo Ser.

Otro de los resultados de la meditación es el verse a uno mismo en el otro. Este reflejo en el otro es el fundamento de la comprensión, el respeto y la compasión por los demás y por la creación que reemplaza la competitividad y la explotación del prójimo. El cambio mental que se necesita no viene dirigido, en muchas ocasiones, por la mente sino por el corazón. A menudo llega en momentos de crisis en nuestras vidas o en nuestras relaciones interpersonales.

Con nuestra mente, nos hemos apartado de nuestro yo auténtico pero nuestro corazón retiene de una manera intuitiva la memoria de «algo más». Las dudas o una vaga sensación de insatisfacción y de incomodidad dan lugar a un anhelo, una intuición más profunda, de que la vida es algo más que lo que estamos experimentando en el presente. Preguntas como «¿Existe una realidad más allá de lo que puedo ver con mis sentidos ordinarios?», «¿Quién soy yo realmente más allá de todos los roles y máscaras que la vida me ha dado?», «¿Por qué estoy aquí?», «¿Cuál es mi sentido y el sentido de la vida?», «¿Quién, qué es lo Divino?» parecen presionarnos. En ocasiones, nos percatamos conscientemente de estas preguntas y, otras veces, motivan inconscientemente nuestra búsqueda de una forma de ser más profunda.

 A cierto nivel, sabemos que somos más que simples productores y consumidores. Sabemos que no hay satisfacción duradera o sentido último en ser adictos al trabajo o a las compras. El placer que nos proporcionan con frecuencia dura muy poco tiempo: vaciamos la bolsa de las compras y pronto olvidamos su contenido. La empresa que constituía nuestra carrera y nuestra vida, y en la que nos considerábamos indispensables, nos ha «dejado ir» o nos hemos jubilado sin que ni siquiera nos echen de menos.

Y, sin embargo, muchos de nosotros intentamos ignorar estos pensamientos y sensaciones. Nos parecen perturbadoras, demasiado difíciles, y nos refugiamos en más trabajo, más compras, más posesiones, más fiestas, diversiones, televisión y todos los aspectos del mundo «online»: «El ser humano no puede soportar mucha realidad», dijo T.S. Eliot en los Cuatro Cuartetos. La meditación y las experiencias personales que fluyen de la misma realidad constituyen para John Main y para muchos de nosotros el camino para llegar desde esas emociones perturbadoras hasta la claridad del pensamiento y el sentimiento.