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Domingo de Ramos 2026

Mateo 21:1-11 y Mateo 26:14 a 27:66

Toda la ciudad quedó conmovida y preguntó: «¿Quién es éste?» Y las multitudes respondieron: «Éste es Jesús, el profeta, de Nazaret de Galilea.»

«¿Quién es éste?» es la pregunta clave para la experiencia completa de la Semana Santa. Si dejamos que la pregunta nos guíe, en vez de buscar una respuesta mecánica o una explicación, puede que nos sumerjamos en el misterio de los acontecimientos culminantes de la Semana Santa y nos sintamos para siempre conmovidos y transformados. En el verdadero teatro sagrado descubrimos que la verdad es un portal hacia una realidad tan vasta como el cosmos mismo, no una afirmación que zanje cualquier cuestión. Cada uno de los cuatro evangelios apunta hacia el mismo misterio de inclusión última desde un ángulo único.

El evangelio de Marcos es el más crudo y oscuro. El Jesús abandonado guarda silencio hasta sus últimas palabras, una frase del Salmo 22, preguntando desde la Cruz por qué Eloí lo había abandonado. Para el centurión al pie de la cruz, que representa a todos los que seguirían preguntándose «¿quién es éste?», el momento de su absoluta humillación es el instante en que se abre el portal. La muerte es, para nosotros y toda la creación, el gran humillador.

Mateo (el relato de hoy) incorpora una interpretación en su descripción de los hechos. La respuesta a la pregunta «¿quién es éste?» es «el cumplimiento». No sólo del anhelo mesiánico de una tribu humana sino de toda la humanidad. Éste es el que nos conduce como un nuevo Moisés a la Tierra Prometida. No el cumplimiento de nuestros sueños y expectativas, sino del único deseo que todos hemos sentido siempre y que nunca hemos podido nombrar.

La historia en la que nos sumergimos esta semana es la historia de la larga evolución de la humanidad representada en cada ser humano. Muestra de qué trata la existencia humana: reconocer y aceptar nuestro trabajo y destino mientras aprendemos la absoluta libertad de decir «hágase tu voluntad»; la necesidad de compañeros con quienes compartir la visión; no permitir que la experiencia de la traición nos convierta en traidores desencantados; decir la verdad a los corrompidos por el poder sin romper nuestro silencio; sufrir la aflicción sin la distracción de la ira; amar a los que padecen aun cuando nosotros mismos estamos sufriendo. Resucitar y atravesar la extinción hacia el amanecer eterno de la conciencia.

El lenguaje sagrado del Camino cristiano de vida es el cuerpo, no las palabras ni el dogma. Esta semana nos acercamos a comprender de manera encarnada el significado de todo lo que nos ha sucedido y de lo que aún debe llegar a ser, para señalarnos y asegurarnos la dirección en la que nos movemos.

Laurence Freeman, OSB

Traducido por WCCM España