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Carta 3: De regreso al principio

En la lectura de la semana pasada hicimos una descripción del significado de la «cima de la montaña». Pues bien, hoy bajaremos de ella para regresar al «mercado».

Volvamos a visitar a los Padres y Madres del Desierto, quienes a través de los escritos de Juan Casiano tanto inspiraron a John Main.

En el siglo IV, muchos cristianos se trasladaron al desierto egipcio con el objetivo de llevar allí una auténtica vida cristiana devocional. Esta decisión que tomaron se entiende principalmente como una reacción a la situación en la que el cristianismo se encontró tras convertirse en la religión oficial del Imperio. Cuando Constantino declaró tolerancia para la religión cristiana en 313 después de su conversión, en la batalla del Puente Melvio, y posteriormente apoyó el resultado del Concilio de Nicea en 325, el número de cristianos practicantes aumentó en las siguientes décadas de 3 a 30 millones. Ser cristiano se volvió algo bastante ventajoso ya que Constantino invertía mucho dinero en la construcción de Iglesias y apoyaba financieramente a los obispos, un hecho que cambió totalmente el carácter de la Iglesia primitiva. San Juan Crisóstomo expresó con mucho énfasis su consternación por este cambio en sus Homilías en Éfeso: «Las plagas llenas de maldad han invadido las iglesias. Los estamentos se han comercializado. La excesiva riqueza, el enorme poder y el lujo están destruyendo la integridad de la Iglesia». Los cristianos comprometidos no solo quedaron perturbados por la posición que estaba adoptando el cristianismo sino que también estaban horrorizados por la creciente decadencia de la sociedad: «La sociedad era considerada (por los Padres del Desierto) como un naufragio en el que cada hombre tenía que nadar para sobrevivir... » (Thomas Merton)

Esta decadente situación les condujo a vivir el mensaje del evangelio en la soledad del desierto egipcio, con las siguientes palabras de San Pablo como su regla de vida: «No te conformes con este mundo, sino déjate transformar por la renovación de tu mente». (Romanos 12: 2). Además, los primeros cristianos consideraron el martirio como una forma de seguir verdaderamente a Cristo. Sin embargo, desde la adopción del cristianismo por parte de Constantino, la persecución había cesado.

Aquellos que optaron por retirarse al desierto vieron en la renuncia de todo lo que se consideraba esencial en la vida (familia, matrimonio, patrimonio y una función activa en la sociedad) un tipo alternativo de martirio, un martirio 'blanco' en oposición al 'martirio rojo' de los verdaderos mártires. La vida de Pacomio describe el efecto que los mártires tuvieron en la fe de los cristianos y la vida que querían llevar: «La fe aumentó enormemente en las iglesias y en los monasterios y comenzaron a aparecer lugares para los ascetas, para los primeros monjes que habían visto la resistencia de los mártires».

Además, siempre ha habido una fuerte tradición de retirarse de la vida ordinaria al desierto en la tradición judeocristiana; basta con recordar a Moisés, Elías, Juan el Bautista y al mismo Jesús. También sabemos que San Pablo se retiró a Arabia durante tres años después de su experiencia visionaria de Jesús en el camino a Damasco, tratando de dar sentido a esta revelación. El desierto representaba para los buscadores espirituales un símbolo y, también, una manifestación real de Dios; fue igualmente inmenso, asombroso, grandioso, ilimitado e insondable, causando una respuesta inmediata de asombro, la única respuesta apropiada a lo Divino: «Solo el asombro puede comprender su poder incomprensible.» (Gregorio de Nisa)

Sin embargo, la necesidad de retirarse e intensificar la práctica espiritual no era solo una reacción a la situación en la que se encontraban los primeros cristianos. También parece ser un desarrollo natural que ocurre con el tiempo durante el avance por el camino espiritual. Nosotros también nos retiramos al silencio y a la soledad de nuestro corazón cada vez que meditamos.

Según los relatos, San Marcos fue discípulo de Pedro y Pablo mientras viajaban en la evangelización del Mediterráneo. Estuvo en Roma como seguidor de Pedro, donde fue ordenado por él. Llegó a África y a Alejandría, donde se convirtió en obispo. Fue martirizado en el año 68 d. C. La Iglesia copta, por lo tanto, recuerda a San Marcos como su fundador. Su enseñanza se basó en gran medida en la de San Pedro, lo que puede explicar el enfoque literalista de los coptos a la fe cristiana. La mayoría de los primeros ermitaños coptos del desierto egipcio eran analfabetos y adquirieron su conocimiento bíblico oralmente, asumieron las Escrituras literalmente y vieron a Dios de manera antropomórfica.

Muchos monjes cultos se unieron pronto a estos primeros monjes coptos. Estaban muy influenciados por las enseñanzas de Orígenes (c 184 - 253) y, por ello, se les conocía como los monjes «origenistas». Evagrio y Juan Casiano pertenecían a este grupo. Creían, a diferencia de los monjes coptos, que la humanidad era esencialmente buena y que el alma tenía una semejanza inequívoca con lo Divino. A través de la purificación de las emociones y la contemplación, los seres humanos eran, por mediación de Cristo, capaces de ascender y unirse a Dios, quien no podía ser atrapado por los pensamientos, las palabras y las imágenes.

Por muy diferente que fuera su teología, su verdadera enseñanza –preservada en dichos cortos que muestran profundos conocimientos psicológicos- fue muy similar ya que se basaba en la misma experiencia práctica de una vida de oración profunda en silencio y soledad, como veremos la próxima semana.