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Carta 4: No juzgues

Una de las enseñanzas más valiosas de Jesús, y en la que los Padres y Madres del Desierto insistieron, es la de no juzgar a los demás. Hay muchos pasajes del Evangelio en los que Jesús nos aconseja que evitemos juzgar. Recordemos, por ejemplo, la parábola del Evangelio de Mateo, 7:1-5, sobre la «mota en el ojo ajeno y la viga en el propio ojo». Vimos en lecturas anteriores cómo San Marcos llevó las enseñanzas de San Pedro y San Pablo a Alejandría. Los ermitaños del desierto valoraban mucho a San Pablo, quien hacía llamarse el «apóstol de los gentiles». En una de sus Cartas a los Romanos (2:1-3) San Pablo dice: «Por tanto, si eres capaz de juzgar a los demás, no tienes disculpa. Porque cada vez que juzgas a otro, te condenas a ti mismo, porque al juzgar, haces lo mismo que estás condenando».

Reconocer nuestras faltas y llegar a ser conscientes de nuestras heridas puede ser muy doloroso. El «ego» se resiste haciéndonos sentir aburridos, cansados e inquietos. Evagrio, al igual que el resto de los Padres del Desierto, llamó a este estado el "demonio de la acedia". En vez de identificar este aburrimiento, cansancio o inquietud con el resultado de una lucha interna acabamos buscando justificaciones o excusas fuera de nosotros mismos. Tendemos a proyectar estos sentimientos de insatisfacción y culpar a otros por lo que hicimos o dejamos de hacer de tal forma que todo es culpa de nuestra comunidad, de nuestros padres, o de la sociedad. Tratamos de justificar la forma en que nos sentimos y nos comportamos con excusas externas que nos parecen creíbles.

Encontramos un buen ejemplo de este comportamiento en una de las historias de los Padres del Desierto: “Un hermano estaba inquieto en la comunidad y a menudo se mostraba enfadado. Entonces él dijo: «Iré a vivir a alguna parte, solo. Y como no podré hablar ni escuchar a nadie, estaré tranquilo y mi ira cesará». Se fue y vivió solo en una cueva. Un día llenó su jarra con agua y la dejó en el suelo. De repente, la jarra se cayó. La llenó nuevamente y de nuevo se derramó. Y esto sucedió una tercera vez. El monje, furioso, agarró la jarra y la rompió. Cuando volvió a su sano juicio reconoció que el demonio de la ira se había burlado de él y se dijo a sí mismo: «Volveré a la comunidad pues, viva donde viva, necesitaré esfuerzo y paciencia y, sobre todo, la ayuda de Dios».

Nuestra tendencia a cotillear, juzgar y criticar a los demás revela nuestros propios conflictos no resueltos. Son una clara señal de que aún no hemos «purificado» nuestras emociones ni nuestras «necesidades no satisfechas». Como dijo San Pablo, juzgamos y criticamos a otros por el comportamiento que vemos dentro de nosotros mismos. El escritor Marcellus Williams, en su libro «El viento es mi madre», dice: «Nunca apuntes un dedo de desprecio o juicio hacia tu prójimo porque cuando le señalas, hay tres dedos que apuntan hacia ti».

Al juzgar, estamos considerando a los demás dentro de un marco estático, negándoles la posibilidad de cambio, progreso o crecimiento. Los dejamos atrapados en un momento particular en el tiempo. El Padre del Desierto Xanthias dijo: «El ladrón estaba en la cruz y fue juzgado por una sola palabra; y Judas, que formaba parte de los apóstoles, perdió toda su valía en una sola noche y descendió del cielo al infierno».

La meditación nos ayuda a tomar conciencia gradualmente de las proyecciones que hacemos sobre los demás de nuestras propias dificultades. Así, la meditación transforma nuestra conciencia y toda nuestra vida. Los dones de la meditación se convierten en parte de quienes somos y nos ayudan a que nuestra actitud hacia el prójimo sea más sosegada y compasiva. Con el beneficio que nos aporta la práctica del silencio, vamos descubriendo la realidad que nos rodea sin las limitaciones que imponen nuestras cargas emocionales y nuestro impulso de supervivencia. De este modo, llegamos a la «pureza de corazón ... a una aceptación total de nosotros mismos y de nuestra situación ... a la renuncia de todas las imágenes engañosas de nosotros mismos y de todas las falsas consideraciones de nuestras capacidades con el fin de obedecer la voluntad de Dios tal como nos llega». (Thomas Merton)